Cómo saber si un niño puede estar siendo víctima de ciberacoso

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La particularidad de este año es que los menores vuelven a las clases presenciales pero ya muy acostumbrados a las clases en remoto. Por tanto, ya son ‘heavy users’ de todo tipo de tecnologías de comunicación. Sin embargo, tal y como detalla Panda Security en un comunicado, este escenario más que de ensueño, se torna en pesadilla por culpa del acoso escolar. De hecho, uno de cada cuatro casos se produce a través de Internet, lo que supone una tendencia al alza respectoa a años anteriores.

En estes sentido, la facilidad de acceso a Internet “ha cambiado los hábitos de comportamiento de la sociedad”. Así, mientras que a partir del año 2000, en Internet se empezaban a crear los primeros foros que servían como redes de apoyo para jóvenes que sufrían acoso escolar, en la actualidad, el bullying llega muchas veces por estas vías. “Esto deja a los menores acorralados frente a sus agresores”, apunta Hervé Lambert, Global Consumer Operations Manager de Panda Security.

Por esta razón, la compañía española de ciberseguridad ha elaborado la siguiente guía para identificar si un menor está siendo víctima de ciberacoso:

Un menor que sufre ciberbullying puede llegar a manifestar síntomas físicos como: trastornos del sueño, dolor abdominal, diarreas, vómitos, fatiga, cefalea, pérdida de apetito, neurosis, depresión, ansiedad o vértigos. Incluso su lenguaje corporal cambia, comenzando a caminar encorvado de hombros y con la cabeza gacha.
También puede sufrir alteraciones en su estado de ánimo y en su psique como: baja autoestima, conductas autodestructivas como autolesiones, pensamientos suicidas, tendencias obsesivas en cuanto a la conexión Internet (desarrollando fobia s su uso o conectándose de forma compulsiva) y cambios de humor. El menor puede sentir tristeza o indiferencia ante cosas que antes le motivaban, mostrarse agresivo sin motivo ni justificación, además de presentar una actitud tensa ante su entorno más cercano.
Otro de los cambios delatores es el de los hábitos, dejando de comer o comiendo de forma obsesiva, abstención escolar buscando excusas o directamente escapándose de las clases y apartando actividades extraescolares de las que antes disfrutaba. También puede sufrir un descenso repentino del rendimiento académico y falta de concentración.
Los padres o tutores pueden sospechar si el menor hace un cambio radical en sus relaciones habituales, por ejemplo, si ya no va con sus amistades de siempre, deja de acudir a fiestas de cumpleaños y otros eventos con los compañeros de clase, no quiere salir del domicilio, se vuelve reservado y evita la conversación o reacciona de forma desmesurada a una broma.
Otras señales son, por ejemplo, que en los recreos y momentos en los que comparte espacios con sus compañeros, con menos supervisión adulta que en clase, puede tender a buscar lugares apartados y solitarios. También, que el menor presente lesiones físicas inexplicables o que su ropa o pertenencias estén deterioradas sin explicación.

Este tipo de intimidación tiene lugar a través de aplicaciones de mensajería, correos, redes sociales e incluso videojuegos, tiene unos rasgos comunes: incapacidad de percepción del daño causado a la víctima, anonimato tras el que resguardarse y roles digitales autoimpuestos. “Se podría decir que el ciberbullying se ha vuelto un complemento del acoso que reciben los menores en las aulas”, apostilla Hervé Lambert, de Panda Security.

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